Logotipo del Patronato del Real Alcázar de Sevilla

Programación

Música Antigua

ANNA URPINA / EVA DEL CAMPO  18/9
De Norte a Sur: la máxima expansión de la Europa barroca de los siglos XVII y XVIII

AXABEBA  23/7, 5/8, 2/9, 16/9
La música en tiempos de Magallanes  /  V Centenario de la circunnavegación a la Tierra de Fernando de Magallanes

CAPILLA JERÓNIMO CARRIÓN  30/7
En tierras ajenas  /  V Centenario de la circunnavegación a la Tierra de Fernando de Magallanes

HEXACORDO  27/8, 24/9
Iberia resonat  /  V Centenario de la circunnavegación a la Tierra de Fernando de Magallanes

L´ESTRO D´ORFEO  11/9
In Stil Moderno

LA RITIRATA  8/8
Antonio Caldara y el violoncello  /  350 Aniversario del nacimiento de Antonio Caldara

MUSICA FICTA  20/8
Ayo visto lo mappamundi. Músicas para un sueño planetario  /  V Centenario de la circunnavegación a la Tierra de Fernando de Magallanes

ONIRIA  25/7, 13/8
Ministriles de la nao Victoria (Músicas en la primera circunnavegación del mundo)  /  V Centenario de la circunnavegación a la Tierra de Fernando de Magallanes

SYMPHONIA HISPANICA  3/9
Caldara y los corellianos  /  350 Aniversario del nacimiento de Antonio Caldara

WAVE IN TEMPO  6/8
Suite Iberia

Música Clásica

ASSUMPTA PONS / ROCÍO GÓMEZ  28/8
Galaxia Beethoven (Una aventura espacial)  /  250 Aniversario del nacimiento de Ludwig van Beethoven

CUARTETO ALMACLARA  21/7, 15/9
Beethoven, la razón de la música /  250 Aniversario del nacimiento de Ludwig van Beethoven

ENSEMBLE TALISMÁN  31/7
Becqueriana. Música y poesía en torno a G. A. Bécquer /  150 Aniversario del fallecimiento de Gustavo Adolfo Bécquer

ISRAEL FAUSTO MARTÍNEZ / CARMEN MARTÍNEZ PIERRET  19/9
Mujeres compositoras: la otra historia de la música  /  Nombres de Mujer

JAVIER COMESAÑA / TOMMASO COGATO  22/8
Beethoven 2020  /  250 Aniversario del nacimiento de Ludwig van Beethoven

MANUEL GALIANA / SIRA HERNÁNDEZ  15/7
Ensoñaciones para una noche de verano (Versos de Bécquer y nocturnos de Chopin)  /  150 Aniversario del fallecimiento de Gustavo Adolfo Bécquer

MARIAROSARIA D´APRILE / TOMMASO COGATO  24/7
Beethoven y la Ópera de Sevilla  /  250 Aniversario del nacimiento de Ludwig van Beethoven

RAFAEL RUIBÉRRIZ / ANTONIO SIMÓN  25/9

Für Elise  /  250 Aniversario del nacimiento de Ludwig van Beethoven

ROCÍO DE FRUTOS / PEDRO ROJAS-OGÁYAR  14/8
Tradición y modernidad en la canción española

SINOIDAL ENSEMBLE  19/8
De la copia al original

TRIFOLIUM  21/8
Fronteras del clasicismo  /  250 Aniversario del nacimiento de Ludwig van Beethoven

TRÍO AD PARNASSUM  9/9
El joven Beethoven y su maestro Haydn  /  250 Aniversario del nacimiento de Ludwig van Beethoven

VANITAS DUO  29/8
Beethoven en Viena  /  250 Aniversario del nacimiento de Ludwig van Beethoven

ZART TRÍO  5/9
Ludwig van Beethoven y su época  /  250 Aniversario del nacimiento de Ludwig van Beethoven

Flamenco

ALFONSO AROCA 15/8
Orilla del mundo

ANABEL VALENCIA  18/7, 9/8, 23/8, 1/9
De Lebrija vengo

ENCARNA ANILLO  16/7, 1/8, 17/8, 31/8
Nací canción  /  Centenario del nacimiento de Chabuca Granda

Músicas del Mundo

BALSAMIA  4/8, 12/9
El veneno de la Moriana (La mujer en la tradición sefardí) /  Nombres de Mujer

CANTICA  28/7, 18/8, 8/9, 23/9
Romances de Amor y Muerte. Homenaje a Bécquer /  150 Aniversario del fallecimiento de Gustavo Adolfo Bécquer

CONFLUENCIAS  22/7, 11/8, 4/9, 22/9
Confluencia de grados

MINHA LUA & RICARDO J. MARTINS 19/7, 2/8, 16/8
Siempre Amália  /  Centenario del nacimiento de Amália Rodrígues

STOLEN NOTES  26/7, 3/8, 25/8, 20/9
La renovación folk de las naciones celtas

Otras músicas

ERNESTO AURIGNAC / DIEGO SUÁREZ  17/9
Plays Charlie Parker  /  Centenario del nacimiento de Charlie Parker

NEOS DÚO  17/7
Iturralde Project

PIPO ROMERO  13/9
Ideario

QUIQUE BONAL / KID CARLOS  27/7, 26/8, 7/9, 21/9
American Roots

RANDOM THINKING  7/8, 30/8, 10/9, 26/9
Windy and warm

RAREFOLK  27/9
Psyderal

THE DIXIELAB  20/7, 10/8, 24/8, 14/9
She writes, She plays. La mujer en los inicios del jazz  /  Nombres de Mujer

VANDALIA TRÍO  29/7, 12/8, 6/9
Con-Fusión de clásicos

Líneas de programación

La programación de Noches en los Jardines del Real Alcázar recorre las distintas edades e impulsos creativos de la ciudad de Sevilla a lo largo del tiempo.

Los programas seleccionados nos acercarán a distintos periodos y estilos musicales que se han sucedido durante los más de mil años de vida del Alcázar de Sevilla, desde la Edad Media a nuestros días. Hasta setenta y cinco conciertos que abarcarán buena parte de la historia de la música: las canciones y melodías medievales de las tres culturas que convivieron en la península ibérica, las músicas renacentistas y barrocas, el clasicismo y el romanticismo, los sonidos populares de distintos rincones del mundo, el jazz, el pop, el flamenco…

Y como es habitual, más allá de las líneas estilísticas, hemos querido abordar distintas efemérides y temáticas que nos recordarán historias y personajes relevantes en nuestro legado cultural. En esta edición de 2020, hemos dedicado cuarenta y tres de los setenta y cinco conciertos de Noches en los Jardines del Real Alcázar, a los ocho ciclos temáticos que detallamos a continuación:

 

V Centenario de la circunnavegación a la Tierra de Fernando de Magallanes
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A los ojos de un viajero del siglo XXI bien pudieran parecer “cinco barcas de pescador” aquellas con las que Fernando de Magallanes salió de Sevilla para dar la vuelta al planeta. En el siglo XVI esas cinco naves tomaban rumbo hacia lo desconocido para, quizá sin saberlo sus protagonistas, situarse en la vanguardia de la exploración del género humano. A comienzos de 1520, después de haber atravesado el Atlántico, la expedición financiada por comerciantes sevillanos ya bordeaban las costas de Brasil, buscando en vano un paso que hubiera de llevarlas al entonces llamado mar del Sur.
«Por gracia de tal heroísmo perdurará la proeza magnífica de esos cinco endebles y solitarios barcos que salieron para la guerra santa de la Humanidad contra lo ignoto», concluye Stefan Zweig en su libro Magallanes. El hombre y su gesta. Durante 1520 la expedición sufrió numerosas penurias, un motín contra Magallanes y duros ajusticiamientos. Conocemos los acontecimientos gracias a la Relazione del primo viaggio intorno al mondo, crónica del expedicionario y geógrafo italiano Antonio de Pigafetta, que logró completar, tras la muerte de Magallanes, la travesía planetaria.
Llegados al Rio de la Plata traspasaban el nuevo non plus ultra, alcanzado tres años antes por Juan Díaz de Solís. El miedo y la incertidumbre hacían mella en la moral de unos hombres que nunca confiaron plenamente en aquel portugués que renegó de su reino para, como el bíblico Jonás, emprender una expedición hacia un occidente que parecían tener prohibido. Con el duro invierno austral la rebelión estalla entre sus capitanes, que serán duramente reprimidos con ejecuciones y destierros. Aún le deparaba a la flota en las costas atlánticas la pérdida de uno de sus barcos, la Santiago, en una nueva avanzada hacia el sur. Pero, a pasar de tragarse una de sus naves, el gran pez del océano no hizo retroceder al marino portugués, que encontraría recompensa a su constancia cuando, el 21 octubre de 1520, se aventuraron por el laberinto de canales y ensenadas que permitirían atravesar por mar las tierras americanas, y que serían conocidas para la posteridad como Estrecho de Magallanes.
En este remoto lugar donde se quiebra el mundo, se doblaron también los destinos de los hombres de una expedición que no tenía vuelta atrás; quizá por eso la flota perdiera otra nao en deserción, la San Antonio, que regresaría a Sevilla el 6 de mayo de 1521. Tras treinta y ocho días de travesía entre costas montañosas y nevadas se extendía ante ellos de nuevo un inmenso océano. «El miércoles 28 de noviembre, desembocamos por el estrecho para entrar en el gran mar, al que dimos en seguida el nombre de Pacífico, y en el cual navegamos durante el espacio de tres meses y veinte días, sin probar ni un alimento fresco», narra Antonio de Pigafetta. «No pienso que nadie en el porvenir ha de querer emprender semejante viaje».
En conmemoración de estos hechos, tan heroicos como dramáticos, dedicaremos diez noches en los jardines del Real Alcázar al viaje que, en palabras de Stefan Zweig, tal vez haya sido «el más terrible y lleno de privaciones que registra la eterna crónica del dolor humano y de la humana capacidad de sufrimiento que llamamos historia».

Esta línea programática se celebra por segundo año consecutivo, dentro del programa de conmemoraciones del Ayuntamiento de Sevilla, comprendidas entre 2019 y 2022.

 

350 Aniversario del nacimiento de Antonio Caldara 
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Antonio Caldara creció en la ciudad y el ambiente propicio para convertirse en uno de los músicos italianos más relevantes de su generación. Nació probablemente en 1670, en aquella Serenísima República de Venecia, de cielos azules y luz dorada sobre las inmensas aguas que pintó Canaletto, y cuyo bullicio se hace carne hoy en los lienzos de Tiepolo. Conciudadano y contemporáneo de Vivaldi, gozó de gran popularidad en su tiempo y del reconocimiento de compositores posteriores como Bach, Telemann, Haydn o Mozart. Es sin embargo uno de los autores del barroco tardío menos difundidos en la actualidad, a pesar de desarrollar su actividad por toda Europa.
Comenzó su formación de la mano de su padre, el violinista Giuseppe Caldara, estudiando posteriormente con Giovanni Legrenzi en la Basílica de San Marcos de Venecia, donde llegaría a ser violonchelista. De Venecia pasó al servicio del Duque de Mantua y en una breve estancia en Roma en 1708 coincidió con Haendel, Scarlatti y Corelli. Ese mismo año su vida experimentó un importante giro por efecto de un acontecimiento que condicionaría su posterior carrera artística, al tiempo que lo situaba como testigo excepcional de la Guerra de Sucesión española, proceso que iba a constatar el cambio definitivo de los equilibrios políticos de toda Europa. En 1705 Carlos de Habsburgo, futuro emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, desembarca en España para reclamar su derecho al trono. El Principado de Cataluña se convierte entonces en la cabeza visible del bando austracista y Barcelona se sitúa como una auténtica corte europea durante los seis años de presencia del archiduque Carlos. Entre 1708 y 1711 Antonio Caldara se trasladó a Barcelona como compositor de cámara del pretendiente austriaco. Ese verano estrenó en la Lonja del Mar la primera de sus tres óperas representadas en España, Il più bel nome, compuesta en honor de la esposa del archiduque, Isabel Cristina de Brunswick-Wolfenbüttel. 
Tras una nueva estancia de varios años en Roma, Antonio Caldara es llamado por el ya entonces emperador Carlos VI a la corte imperial, estableciéndose en Viena como Maestro de Capilla hasta su muerte, el 28 de diciembre 1736. Su producción en la corte fue inmensa, de óperas heroicas y mitológicas a misas y oratorios, habiendo compuesto al final de su vida unas 3.400 piezas entre profanas y religiosas. En su obra destaca su capacidad de expresar los afectos, la contención de la ornamentación barroca, y el equilibrio una sonoridad tan potente como extraordinariamente delicada.
Cuando se cumplen 350 años de su muerte queremos dedicar dos conciertos al compositor que impregnó de su alma italiana la capital de un imperio. Pero el veneciano no sería el único músico que, desde el Barroco a nuestros días, encontraría en Viena la ciudad propicia para desarrollar su talento. Un siglo más tarde del nacimiento de Antonio Caldara, en pleno auge del clasicismo vienes, vería la luz en uno de los principados del entonces Sacro Imperio Romano Germánico uno de los creadores más revolucionario de la historia de la música.

 

250 Aniversario del nacimiento de Ludwig van Beethoven
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Ludwig van Beethoven nació en Bonn, en 1770, bautizándose en la iglesia católica de San Remigio el 17 de diciembre. Hijo y nieto de músicos, a los diez años mostraba una extraordinaria habilidad que fue rápidamente detectada por su padre, empeñado en hacer de él un niño prodigio como lo fue Wolfgang Amadeus Mozart. Su padre, Johann van Beethoven, lo sometió a una estricta educación musical y ofrecía recitales en los que explotar su talento. Un niño retraído y con pocos amigos, conocido por sus familiares cercanos como “el español” por su tez morena y su temperamento, que quizá dejara entrever alguno de sus orígenes familiares. Bonn era entonces sede del príncipe elector de Colonia, bajo el arzobispado de Maximiliano Federico von Königsegg-Rothenfels, que promovió numerosas reformas culturales y fue el primer benefactor del un aún joven Beethoven, entrando como viola en la orquesta de la corte en 1783. En la ciudad se respiraba el nuevo espíritu de la Ilustración, que se vio fortalecido con un nuevo príncipe elector de idea liberales y afrancesadas, Maximiliano Francisco de Austria, paradójicamente hermano de la reina María Antonieta, guillotinada en París años más tarde. En 1789, tras el estallido de la Revolución francesa, el periódico de la ciudad publicaba la Declaración de Derechos del Hombre. El joven Beethoven no sería ajeno a esos acontecimientos y se caracterizó por la coherencia de su ideario político y artístico. «¿Cuándo llegará el momento en el que habrá solo personas?», preguntaba a un amigo en una de sus cartas. Ese joven con ansias de libertad realizó un primer viaje a Viena buscando el magisterio de Mozart, pero la muerte de su madre le obligaría a regresar a Bonn. 
En 1792, acompañando a la corte de Maximiliano Francisco de Austria, Beethoven volvió a Viena, donde se establecería definitivamente. Allí se forma con maestros como Joseph Haydn y Antonio Salieri, dándose a conocer como compositor con gran éxito en un primer concierto público en 1795. Como intérprete halló rápidamente el reconocimiento de los salones vieneses, en los que protagonizó sonados duelos con otros pianistas. Sin embargo, muy pronto tuvo que abandonar su carrera interpretativa al verse afectado por una falta de audición que trataría de disimular con vergüenza, y que le dejaría completamente sordo en 1815.
La música de Beethoven experimentó una pronta evolución desde el clasicismo, del que sería su último gran representante, hacia la primera expresión del movimiento romántico, del que fue auténtico precursor como lo fuera Goethe en el ámbito literario. Su obra supuso un salto en la búsqueda de nuevas formas de expresión para un nuevo tiempo. Aunque cultivó numerosos géneros, sus sinfonías fueron las obras que más han trascendido las fronteras nacionales y la de su propio tiempo. Sin embargo el compositor de las nueve sinfonías, destacó sobre todo por una extraordinaria producción de música de cámara, especialmente de obras para piano.
Su particular predilección por el piano (presente en ochenta de sus ciento treinta y cinco obras oficiales) abre un nuevo camino para una expresividad netamente romántica, en la que el alma del interprete inunda el instrumento. Las treinta y dos sonatas para piano de Beethoven destilan la esencia de su personalidad creadora: emocional, introspectiva, vibrante, tempestuosa… es el mismo genio del intérprete virtuoso el que mueve al compositor, capaz de pulsar con las teclas del piano los temperamentos individuales de cada uno de los oyentes. 
A pesar de la fama de sus sinfonías e importancia de sus sonatas, solo compuso una ópera, Fidelio, un alegato del amor, la justicia y la libertad, que ligaría para la posteridad a Beethoven con la ciudad de Sevilla, lugar que debía sonar para el compositor alemán como el eco de aquella vieja Europa que ahora mudaba de piel. Aunque fuera estrenada en 1805, esta obra fundamental del drama lírico, no tomó la forma definitiva con la que la conocemos hoy hasta 1814. Quizá su querencia y su vuelta continua a esta obra tenga que ver con la materialización esencial de su concepción romántica del ser humano; en palabras del propio Beethoven: «Hacer el bien allí donde podamos, amar la libertad sobre todas las cosas, y nunca negar la verdad, aunque sea frente al trono». 
Pero la vieja y distante España que sirvió a Beethoven de inspiración para su única ópera (fortuito obsequio para nuestra ciudad), también darían al compositor alemán la grata noticia de la derrota infringida en 1813 a Napoleón Bonaparte en tierras alavesas, por las tropas inglesas, lusas y españolas que eran comandadas por Arthur Wellesley, conocido para la historia como duque de Wellington. En celebración de estos hechos, Ludwig van Beethoven compondría el que sería momentáneamente uno de sus mayores éxitos, el op. 91 Wellingtons Sieg (La victoria de Wellington) o Die Schlacht bei Vitoria (La Batalla de Vitoria). Paradojas del destino, con esta obra Beethoven compensaba la traición experimentada al conocer la coronación de Napoleón Bonaparte, que hasta entonces había sido para él un héroe en la defensa de los valores de la Revolución Francesa. «¡Así que es un hombre vulgar! Ahora pisoteará todos los derechos humanos, y se ocupará de su propia ambición»… No sabemos si el compositor alemán exclamó ciertamente estas palabras, pero sabemos que retiró a Bonaparte el honor de dedicarle la que sería conocida como Sinfonía Heroica. 
En aquella victoria celebrada con música de Beethoven, España sin embargo perdió entre otras, algunas de las telas más representativas de la etapa sevillana de Velázquez, que fueron donadas a Wellington por el restituido monarca español Fernando VII, en una importante colección interceptada en la huida de José Bonaparte. Estos muros del Alcázar sevillano, convertido en almacén de las obras saqueadas en Andalucía, fueron testigos de aquel expolio que inauguró en la ciudad un nuevo y convulso siglo.

 

150  Aniversario del fallecimiento de Gustavo Adolfo Bécquer
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En estos palacios y jardines del Real Alcázar que hoy nos acogen, habitó como compensación a sus trabajos como restaurador, el pintor sevillano Joaquín Domínguez Bécquer, famoso por su obra costumbrista y en aquel momento pintor de los duques de Montpensier. Residía en una de las casas del Patio de Banderas y en las salas del Apeadero del palacio tenía su taller. Joaquín Domínguez Bécquer era el tío de Gustavo Adolfo Domínguez Bastida, conocido para la literatura por su quinto apellido: Gustavo Adolfo Bécquer. Podemos imaginar que tanto Gustavo Adolfo como su hermano Valeriano -que siguió la senda de la pintura- recorrieran juntos en su juventud estas estancias visitando a su tío. Gustavo Adolfo Bécquer, nace por tanto en un entorno familiar con formación artística, en una Sevilla plenamente romántica y envuelta en la transformación provocada por la desamortización que un año antes hizo del convento de la Merced en el primer Museo Provincial de Bellas Artes de Sevilla. 
Era hijo de José Domínguez Insausti, también pintor costumbrista que, como su primo Joaquín, firmaba sus lienzos usando el apellido de sus antepasados flamencos establecidos en Sevilla en el siglo XVI. Cuando contaba con cinco años perdió a su padre, y a su madre a los once, quedando él y sus hermanos a cargo de distintos familiares. Sin embargo su vínculo con su hermano Valeriano se mantuvo inquebrantable hasta la muerte de ambos en 1870. Su tío, Joaquín Domínguez Bécquer, se involucró en la educación de Valeriano y Gustavo Adolfo, al que costeó los estudios de latinidad y animó, no sin cierto sarcasmo, a abandonar la pintura: «Tú no serás nunca un buen pintor, sino un mal literato», cuentan que dijo al aún joven poeta.
A los dieciocho años se marcha a Madrid, junto con su hermano Valeriano, con la inquietud de hacerse un hueco en los círculos artísticos del momento. Como su tío y su padre firmarían con el apellido de sus antepasados. Bécquer se adentra en las tertulias de la capital donde conoce, entre otros, al traductor y poeta Augusto Ferrán Forniés, que lo introduce en la poesía de Heinrich Heine y Lord Byron. El joven Gustavo Adolfo incorpora entonces a sus influencias clásicas, adquiridas por la lectura de Alberto Lista y otros poetas sevillanos, los referentes de la poesía romántica de tradición germánica y anglosajona. Esta asimilación se produce una generación más tarde del apogeo de la poesía romántica española, protagonizada por Espronceda, de la que se aleja para hacerla más íntima, sensorial y luminosa. En palabras de Manuel Altolaguirre «el Romanticismo español, que tiene en Bécquer la más pura y simple de sus manifestaciones, tiene en Espronceda la más compleja e impura de sus realidades. En Bécquer, su ángel, su misterio, está en lo sencillo, limitado, claro de sus sentimientos». 
En esa etapa el poeta encuentra en la música de Chopin el reflejo sonoro a su palabra. El propio Gustavo Adolfo, refleja su visión de la poesía en los comentarios a la obra de su amigo Augusto Ferrán La soledad: «Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y el arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua que se mueve con una cadenciosa majestad, habla a la imaginación, completa sus cuadros y la conduce a su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con su armonía y su hermosura. Hay otra, natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye; y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía…».
El 22 de diciembre de 1870, coincidiendo con un eclipse solar, se apagó en Madrid el “ángel de la luz” que cantara Altolaguirre. Sus restos descansan junto a los de su hermano Valeriano en el Panteón de Sevillanos Ilustres, desde 1972. «Si es posible, publicad mis versos. Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo», predijo en sus últimos días. Bécquer extendió el movimiento romántico más allá de su tiempo y su obra fue capaz de triunfar en pleno del desarrollo del realismo literario, obteniendo los elogios de autores como Emilio Pérez Galdós o Emilia Pardo Bazán. Sus obras completas, publicadas tras su muerte, alcanzaron hasta seis ediciones a comienzo del siglo XX.
Muy cerca de los jardines que hoy nos acogen, abrazando el taxodium más antiguo de los que habitan nuestra ciudad (sembrado entre 1850 y 1870 en los que fueron los jardines de los duques de Montpensier) se levantaría en bronce y mármol un bello monumento alegórico dedicado a la memoria de Gustavo Adolfo Bécquer. Sevilla, como otras veces, fue olvidadiza o descuidada con uno de sus hijos más ilustres, ya que este monumento -financiado gracias a la iniciativa de los hermanos Joaquín y Serafín Álvarez Quintero- no se erigiría hasta cuarenta y un años después de la muerte del poeta romántico más conocido de la literatura castellana. En agradecimiento de la ciudad entera, hoy queremos recordarlo con seis conciertos en los jardines en los que acaso imaginara su futuro, cuando se cumplen 150 años de su muerte.
Gustavo Adolfo Bécquer muere a los treinta y cuatro años, la misma edad a la que muere Charlie Parker, nacido 50 años después de la muerte del ultimo de los románticos españoles.
 

 

Centenario del nacimiento de Charlie Parker
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Charles Christopher Parker nació el 29 de agosto de 1920 en Kansas City. Desde niño tocaba la tuba y pronto se pasó al saxofón con el que, mintiendo sobre su edad, logró un empleo a los quince años. A finales de los años treinta se trasladó a Chicago y Nueva York tratando de encontrar un hueco como saxofonista en alguna orquesta, como la de Jay McShann. Fue en uno de esos viajes con sus compañeros de banda cuando tuvo lugar la anécdota que lo rebautizaría artísticamente para siempre: tras atropellar a una gallina hizo al vehículo retroceder para recoger al ave de corral y cocinarlo. “Yarbird” o “Bird”, a secas, evocaría desde entonces una nueva “ornitología” del jazz.
A principio de los cuarenta, Bird conoce a Dizzy Gillespie y comienzan a tocar juntos en distintos clubes de Harlem. Este encuentro cambiará para siempre la evolución del jazz. La colaboración de ambos en la orquesta de Billy Eckstine sería determinante para la eclosión de un nuevo estilo: el be bop. En 1945 Bird y Dizzy se reúnen, junto a Max Roach, Curly Russell y un jovencísimo Miles Davis, para grabar lo que algunos consideran el álbum fundacional del be bop. En esa sesión nació Ko-ko, cuya armonía se basa en un cambio de acordes de la canción Cherokee, de Ray Noble. Charlie Parker reconoció que este nuevo camino, espontáneo o indisciplinado para muchos, era producto del trabajo y la reflexión: “Improvisé durante mucho tiempo sobre Cherokee. Descubrí que utilizando los intervalos superiores de las armonías como línea melódica y colocando debajo armonías nuevas, más o menos afines, podía tocar aquello que llevaba tanto tiempo dentro de mi cabeza”. 
A finales de los años cuarenta Charlie Parker había logrado sacudir la música norteamericana, traspasando las fronteras de un género que, aunque surgido de la improvisación, había llegado a hacerse canónico. Sin embargo, su temblor aún era de baja intensidad, ya que era apreciado por un minoritario grupo de fieles conversos. Muchos aficionados al jazz no entendían ese fenómeno llamado be bop, que consideraban caótico e ininteligible. El trompetista Louis Armstrong, quizá la estrella del jazz más carismática y popular del momento, lo calificaba como mero ruido. Pero la revolución be bop, iniciada por Dizzy Gillespie y Charlie Parker, contaba ya con adeptos como Thelonious Monk o Charlie Mingus; y los más jóvenes, ansiosos por encontrar un sonido propio, lo abrazaron como una nueva religión. Eran los hipsters, como se llamaban a los seguidores del jazz de vanguardia. 
Aunque sus esferas no convergían con las de la música clásica contemporánea, cuyos oyentes gozaba de cierta distinción social, compartían ese rango de exclusividad artística propio de muchas vanguardias. No en vano, parece que hubo acercamientos entre sus músicos más celebres (quizá producto más bien de la admiración intelectual que de referencias artísticas comunes), como atestigua la noche en la que Igor Stravinsky acudió a Birdland a una de las sesiones de Parker, y que hoy ya forma parte de la nebulosa del mito. Charlie Parker correspondió a su entregado oyente iniciando la actuación con la famosa Ko-ko, aunque introdujo una improvisación en el segundo estribillo que arrancó el entusiasmo del compositor ruso: era la melodía inicial de la suite de Stravinsky El pájaro de fuego.
Esta nueva religión artística no nacía del encuentro casual de enormes talentos musicales. Ni su ruptura con los cánones era espontánea o caprichosa; más bien nacía de una reflexión muy consciente sobre los límites de la propia creatividad. Su culto se había fraguado en las catacumbas nocturnas de las jam sessions de los clubes neoyorquinos menos comerciales. Sesiones trasnochadas de escucha introspectiva, lejanas de las pistas de baile de las big bands, y muy a menudo aderezada por el alcohol y la heroína. 
Charlie Parker no fue ajeno a ese ambiente que sumió en la drogadicción y la miseria a prometedores músicos. Enganchado a la heroína desde muy joven, era un hombre con un carácter difícil, excesivo, impredecible y con el tiempo tan inconstante que difícilmente era capaz de mantener el rumbo de su vida y de su carrera artística. En Europa pretendía buscar nuevos horizontes y recibir clases en París de la compositora Nadia Boulanger. Pero ésta fue una más de las decepciones continuas con las que vivió los últimos años de su vida.
En 1955, después de tres días agónicos refugiado en la casa de su amiga la baronesa Nica de Koenigswarter, muere de un infarto mientras contempla entre carcajadas un programa televisivo. Su estado era tan lamentable que los agentes que certificaron su muerte calcularon que tendría unos sesenta años de edad. “La heroína y el alcohol no hicieron a Charlie mejor músico. Sólo lograron que se muriera con treinta y cuatro años”, declararía años más tarde su amigo y compañero Dizzy Gillespie.
En homenaje a Bird, le dedicaremos un concierto en el centenario de su nacimiento.
 

 

Centenario del nacimiento de Amália Rodrigues
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«A los cuatro años ya cantaba lo que me enseñaba mi abuela. Canciones de su tierra. Toda mi vida ha sido muy fácil. Tan fácil que no me he dado cuenta»; confesaba Amália Rodrigues en 1990. Su premio por cantar de pequeña para las vecinas era alguna moneda o un pastelillo. Su vida sin embargo no fue tan dulce. Amália da Piedade Rebordão Rodrigues nació en Lisboa el 23 de julio de 1920, en la freguesía de Pena, aunque su familia había emigrado desde la provincia de Beira Baixa. Hubo de criarse en Lisboa con su abuela materna, hasta los catorce años, mientras que sus padres se ganaban como podían la vida en el campo. Con doce años, dejó la escuela para dedicarse a bordar y al poco tiempo empezó a trabajar en una fábrica de chocolates y golosinas.
Con dieciocho años se inscribió en el concurso popular para elegir a la “reina del fado” de su barrio de Alcántara, aunque finalmente no compitió. Sin embargo encuentra una recomendación para empezar a actuar profesionalmente en locales de tradición fadista como el Retiro da Savera o el Solar da Alegria, acompañada de músicos como Armandinho, Jaime Santos, José Marques, Santos Moreira, Abel Negrão y Alberto Correia. En 1940 cantaría en el Café Luso como la revelación ante la que toda Lisboa caería rendida. Logra hacerse una rápida carrera y cinco años después de subirse a un escenario comienza a realizar giras internacionales que la llevan a lo largo de las décadas siguientes por Europa, América y África. Se relaciona con las elites intelectuales y políticas de los países que la reciben. Sin embargo parece que Amália no olvida su procedencia: «Deixe-me cantar para a rua, / que eu sinto-me bem assim. / Gente do povo sou tua, porque também da rua vim”, cantaba en una letra. 
Eran los años del salazarismo, y a pesar de mantener una relación de equilibrio con el régimen (se dice incluso que hubo una relación mantenida en secreto con Antonio de Oliveira Salazar), lo que parece cierto es que apoyó a no pocos exiliados y opositores al régimen, según el testimonio del propio Premio Nobel, José Saramago. Pero tras la Revolución de los Claveles, parece que muchos dieron su espalda al mundo del fado, y a la propia Amália, que se retira a París, por la convivencia y contaminación de este género popular por la larga dictadura. Los significados de los pequeños acontecimientos que rodean aquel momento cuentan otro relato más intimo: El 29 de marzo de 1974, la canción Grândola, Vila Morena, de Zeca Alfonso, fue el cierre de un espectáculo de Amália Rodrigues en el Coliseo de Lisboa, momento en el que varios militares del Movimiento de las Fuerzas Armadas la escogieron como señal de inicio para la Revolución. Ese mismo año, tras el alzamiento militar y popular, la propia Amália graba un sencillo con su versión de Grândola, y la canción Meu amor e marinheiro, dando testimonio de su compromiso artístico con el pueblo de Portugal. 
Más allá de el excepcional dramatismo de su voz, Amália Rodrigues personifica el fado como nadie, llena de melancolía y de desencanto: «Siempre he sido una persona desencantada, desilusionada. Demasiado idealista. Tengo toda la angustia, toda la soledad. Todo lo que necesita el fado». Para Amália Rodrigues, su vida en el sentido más extenso era el fado. Y el fado, según sus propias palabras era un misterio: «Tiene profundidad y hace pensar, sufrir, llorar…Tiene raíz y por eso se mantiene puro». Quizás así se sintiera también ella. 
Un siglo para recordar a la que fue la voz portuguesa en el mundo. Nosotros le dedicaremos tres noches de música, cuando se cumplen cien años del nacimiento de la Reina del Fado. 

 

Centenario del nacimiento de Chabuca Granda
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«Nací tan alto que me lavaba la cara con las estrellas», recordaba Chabuca sobre su origen. María Isabel Granda Larco nació el 3 de septiembre de 1920 a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, en el departamento de Apurímac, en un asentamiento minero llamado Cotabambas, donde su padre trabajaba como ingeniero de las minas de oro. Pero pronto la familia se mudó de la sierra a la capital, dejando atrás su origen andino que sería uno de los aportes a la fuente criolla de la que bebió su inspiración. «Mis padres me bautizaron en la capital, un poco para ocultar mi nacimiento en la montaña. Sin embargo, con los años, no puedo dejar de agradecerles mi lugar de nacimiento», afirmaba Chabuca. 
Comenzó a cantar en Lima cuando era una niña, primero en el coro de su escuela a los doce años, después en formaciones aficionadas de juventud que interpretaban la música mexicana que estaba tan de moda. Pero no sería hasta con casi los treinta años, cuando se da a conocer como letrista y compositora. Como cantante se estrena ya con los cuarenta. Sabía que no poseía una gran voz, pero la acompañaba esa cualidad de poder contar sus canciones, susurradas a veces, con una sinceridad y dulzura que resaltaban su mensaje. “Yo no tengo una voz brillante, canto muy mal, pero me escucha la gente porque yo les digo las canciones aun desafinando, intento que me crean, y esto es lo mejor para mí”. 
A partir de 1948 escribe sus primeras canciones, arraigadas a las formas tradicionales limeñas, como el vals Lima de veras, Callecita encendida, Zaguán o Tun, tun... abre la puerta. Sin saber música, componía imaginando sus melodías y valoraba con modestia su producción poética, considerándose a sí misma como simple letrista. «Decidí dejar el amor para los poetas. Yo soy letrista, a pesar de que tengo algunas ideas poéticas. Vivo y siento como un poeta, pero sé que no soy uno de ellos. El poeta tiene la sorpresa del ingenio».
De su ingenio, nacieron no obstante evocadoras canciones como la inmensamente conocida La Flor de la Canela, firmada el 7 de enero de 1950. Fue grabada por primera vez por el grupo Los Morochucos, pero sería la versión interpretada por el trío Los Chamas la que daría a Chabuca Granda la popularidad como autora. Su obra era un retrato sentimental de los paisaje y personajes de su país; La flor de la canela tomó como inspiración a Victoria Angulo, una señora afroperuana que visitaba a Chabuca en la Botica Francesa donde trabajaba y que cruzaba a pie la ciudad del puente del Palo a la Alameda del Tajamar, una mujer, que según la propia Chabuca «que es una verdadera flor de canela, vitalidad y valor auténtico». 
Como escribiría Mario Vargas Llosa sobre la cantante peruana: «A Chabuca Granda le pasó lo mejor que puede pasarle a una artista: el mundo que inventó en sus canciones sustituyó al Perú real y es a través de aquél que se imaginan o suenan con la realidad peruana millones de personas en el mundo que no han puesto los pies en nuestro país y que solo han sabido del Perú a través de las composiciones de la fabuladora sentimental que fue la autora de La flor de la canela». Por ello la obra artística de Chabuca Granda fue declarada Patrimonio cultural del país, destacando su «gran valor simbólico dentro del imaginario nacional, cuyo aporte de la música criolla abrió nuevas sendas en la música popular peruana».
En 1983 el corazón de Chabuca Granda dejó de latir, intervenida en un hospital de Florida tras el último de los sucesivos infartos de miocardio que había sufrido. Tenía sesenta y dos años. María Dolores Pradera, que cantó sus canciones innumerables veces, diría que Chabuca Granda era una persona de enorme modestia, cuya vida estaba signada por la generosidad. 
En su memoria nuestro ciclo de conciertos le rendirá un pequeño homenaje en cuatro de las noches en los jardines del Real Alcázar. 

 

Nombres de mujer
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Mujeres como Chabuca Granda o Amália Rodrigues, de las que celebramos el centenario de sus respectivos nacimientos, han sido figuras indiscutibles en la música popular del siglo XX, y aún en nuestro siglo sus obras son fuente de inspiración y recreación para jóvenes artistas. Mujeres que marcaron un tiempo y que con su posicionamiento artístico y personal también fueron artífices -no podría ser de otro modo- de la trasformación social contemporánea.
La participación activa de la mujer en el mundo de la música, a menudo vetada en el ámbito académico o muy limitada, ha encontrado históricamente su vía de expresión más frecuente en las músicas populares. Por ello, aún encorsetadas por las convenciones sociales, son protagonistas habituales en las manifestaciones tradicionales de diversas regiones del mundo. Rastrearemos su presencia y su relevancia en contextos como la música sefardí dispersa por el Mediterráneo, o su papel como pioneras en la música popular norteamericana.
Buscaremos sus nombres en los inicios del jazz, donde se dispersan entre los títulos de standards interpretados por los artistas y bandas más populares del género, como ocurre en los casos de Dana Suesse o Bernice Petkere, o haciendo sonar los temas propios que llegaron a interpretar ellas mismas, como en los casos de Ma Rainey, Memphis Minnie o Lil Hardin.
También reivindicaremos a aquellas artistas que en el ámbito de la música clásica, remando contracorriente, lograron desarrollar una intensa actividad compositora. Algunas, como la alemana Luise Adolpha Le Beau o la francesa Mélanie Hélène Bonis, lograron la publicación e interpretación de sus obras por músicos del momento, teniendo sin embargo un escasísimo reflejo en la historia académica de la música. Otras, como Henriëtte Bosmans o Nadia Boulanger, fueron recordadas por distintas facetas como la interpretación o la pedagogía musical, pero no reconocidas merecidamente como compositoras.
Al recuperar el legado de estas artistas, contribuimos no solo a su reparación sino al ensanchamiento de un legado musical extraordinario. Como en ediciones anteriores, este ciclo de conciertos quiere expresar de forma activa su compromiso en la búsqueda de la igualdad y en la difusión del papel de las mujeres en la creación y la transmisión musical, habitualmente relegadas a un segundo plano por las páginas de la historia. Por ello hemos querido seleccionar distintos programas que destaquen expresamente el papel desempeñado por las mujeres como autoras, intérpretes y transmisoras de nuestra cultura musical.
Una vez más, daremos protagonismo a los nombres de autoras olvidadas por la historia de la música, convencidos de que la visibilidad de su obra nos ayudará a su conocimiento, su valoración y, más aún, a superar viejos prejuicios en torno a la mujer en el mundo del arte. Ni musas, ni divas; si no artistas que crean en igualdad.

 

Pablo Távora / Noches en los Jardines del Real Alcázar, 2020